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28.7.06

Los conejos

Juan Rodolfo Wilcock

La primera pareja de conejos parecía bastante inocente, mejor dicho, no se dejaban ver nunca juntos, y ocupado como estaba en trabajar el huerto en seguida me olvidé de su existencia. Habían excavado una galería bajo tierra, una arcilla dura que no se derrumba fácilmente. Pero un día ví entre mis repollos un grupo de conejitos blancos, de hocico rosado, ocupado en comerse las hojas más bajas. Rápidamente, no es el caso de contar la previsible historia: los conejos se multiplicaron como moscas, se comieron toda la verdura de mi huerto y también la de los huertos cercanos y continúan reproduciendose a una velocidad que me atrevería a calificar de extraordinaria. Lo que no era previsible, en cambio, es la inmensa felicidad, la paz deliciosa que después de esa invasión de conejos se apoderaron, ya sea de mi ánimo, ya sea del ánimo de los vecinos, ya resignados al sacrificio de sus cultivos; mejor, para decir la verdad, de cualquier espacio verde, seto o matorral que todavía se pudiese encontrar en los alrededores. Y también de los árboles, porque estos conejos voraces roen la corteza hasta que la planta se debilita, las hojas se marchitan y caen, y son inmediatamente devoradas por los calmos roedores. Ahora por estos lados se come solamente conejos, en el almuerzo y en la cena; costumbre nueva que no consigue todavía hacer mella en la notable capacidad reproductora de la especie. Sea como sea, no hace falta creer que nuestra felicidad y nuestra paz se deban solamente, o en importante medida , a esta circunstancia banal de tener que comer conejo a la mañana y a la noche. No, nuestra felicidad es casi exclusivamente debida al color blanco de los conejos. En efecto, en este país templado no nieva nunca, y las únicas manchas blancas que hasta ahora reavivaban el paisaje eran los muros de las casas pintados a cal, pero que a causa de la peculiar composición química de la cal local se vuelven en seguida amarillas. Esta alegría particular que en otros países más afortunados se experimenta a la mañana, cuando uno se levanta de la cama y asoma por la ventana el paisaje armonizado por una neveda nocturna, nosotros por primera vez en nuestra vida, la tenemos aquí, delante de nuestros ojos día y noche. Una llanura ondulada de pieles blancas se extiende hasta el horizonte y el paisaje conocido por nosotros, erizado de árboles desnudos, brilla bajo el sol como una Antártida de sueño. Ninguna mancha roja, verde o marrón turba este candor, y la paz, una paz jamás imaginada, nos penetra por los ojos y nos vuelve más buenos y más comprensivos. Los conejos no se mueven , están allí quietos esperando que la hierba roída deje salir algún nuevo brote para comérselo en seguida; y las noches de luna, aquí donde el aire es siempre dulce, ¿quién podría resistir al placer de contemplar por horas y horas, con las ventana abierta, este milagro de nieve, estriado de largas sombras azules?

6.4.06

La Atlántida

J.R.Wilcock
Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: "Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes".
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: "Valor, excelencia, lo peor ya pasó".